Introito

La búsqueda, localización, rescate y preservación de esta obra musical de toda la vida profesional de José F. Vásquez, además de representar mi vinculación filial como su heredero, protagoniza también la historia de una reivindicación que constituye un orgullo y un legado para mis descendientes.  

Esta ha sido y continúa siendo una labor de largo aliento, dirigida por el sentido historicista necesario para conseguir la reintegración de un fragmento del arte musical mexicano, a través de hechos marginados por la historia, como una vía de mejor comprensión de la realidad presente y como el resultado del desarrollo de un largo proceso histórico, mucho más rico y actuante, más allá del relato oficioso aplicado a los orígenes de instituciones nodales de la cultura en México, utilizando para tal cometido, la dilatada trayectoria individual de uno de sus protagonistas, hasta hoy mantenido detrás de un relato translúcido y parcial.

Pero además y sobre todo, significa el descubrimiento y la obligada ejecución de una misión por la memoria de toda generación responsable frente a sus antepasados, a través del único vínculo perdurable: el arte.

Porque la vida es corta pero la creación artística, sobrevive.

"Ars longa, vita brevis"

José J. Vásquez.  

León Felipe: "No te asuste naufragar que el tesoro que buscamos, capitán, no está en el seno del puerto, sino en el fondo del mar" 

José F. Vásquez

(Arandas, Jalisco, México, 4 de octubre de 1896 - Ciudad de México, 19 de diciembre de 1961)

Fue un músico mexicano del siglo XX que desarrolló una distinguida carrera como director de orquesta, compositor, pianista, académico, promotor cultural, funcionario público, así como fundador de instituciones, aulas, orquestas, y fuentes de trabajo para el mundo cultural mexicano.

El caso del maestro Vásquez, forma parte de una larga lista de notables músicos mexicanos, apenas conocidos por especialistas en la materia pero totalmente desconocidos para el gran público en general; no solo como compositores, sino también como personajes distinguidos dentro de la historia cultural del país.

¿Será verdad que no se conoce la existencia de un corpus musical tan vasto y tan diverso, integrado por casi 200 partituras?

Es posible; la historia del arte en México está lastrada por el peso muerto de las inacciones.

Es posible que este caso sea uno más, pero a la vez evidencia lo poco que se investiga a nuestros compositores, acaso por desinterés, por pereza, o hasta por deprecio de quienes han administrado la cultura anteponiendo criterios ajenos al respeto por el arte y a la historia de las propias instituciones que han representado. 

Pero a la vista de los resultados exitosos de una búsqueda e investigación particular, con todas las limitaciones propias del caso, y sin los recursos dispuestos dentro las grandes instituciones, como las que el mismo maestro Vásquez fundó, abriendo aulas, orquestas, y fuentes de trabajo que hoy siguen vigentes, da la impresión de que lo que más ha hecho falta ha sido voluntad. Algo que por fortuna parece estar cambiando de modo favorable, gracias a la renovada actitud de algunos funcionarios actuales, pero sobre todo por el empuje y por la curiosidad de nuevas generaciones de músicos e investigadores que aman la cultura desde cualquier posición. 

Porque cuando hay voluntad, siempre hay un camino.   

Por tanto a partir de la localización y del rescate alcanzados hasta la fecha, la custodia, preservación, y necesaria difusión de la obra, debiera ser una prioridad institucional y no solamente un empeño familiar contracorriente apoyado por los esfuerzos de un pequeño grupo de amigos.

Porque el camino del arte es compartido en origen y debe serlo en destino.

Ernesto Sábato: "Sólo el arte nos salvará"  

La grabación de este video, ha sido posible gracias a la generosidad de Luis Morales. 

Gracias, amigo.

Vásquez con ese y mexicano con equis

Una letra equivocada parece ser un territorio nimio para muchos, nada que un buen borrón en la escritura o en la memoria no enmiende, para seguir adelante; la prisa manda, la costumbre exige; nada más.

Y es que abunda en la medianía de nuestros actos, la mala costumbre del hábito por encima de la atención, y suele también predominar el prejuicio a falta de corazón.

Porque a veces no se lee sino que se supone, y no se atiende sino que se prejuzga, sin olvidar que con demasiada frecuencia no se escucha para entender sino para contestar, en detrimento de las relaciones con ese otro yo que nos habla, con la única intención de ser escuchado.

Algo parecido ha venido ocurriendo en esta familia con nuestro apellido, al que con gran facilidad se altera porque la costumbre o la prisa, mandan. Y entonces el que dice leer adivina, prejuzga y transcribe el error que a fuerza de ser recurrente, llega a darse por bueno. Y en tal desliz fueron cayendo incluso los copistas de las partituras paternas.

Tal vez sea un fenómeno similar al que se plantea en la teoría de Goebbels, de repetir y repetir una mentira hasta convertirla en una verdad, tan potente, que ha habido gente que al ver mi apellido escrito por mí, me dice que está mal escrito. 

El caso es que los Vásquez que somos, para muchos somos Vázquez, y podríamos ser Bázques o Bázquez, del mismo modo que los Revueltas podrían ser Rebueltas y los Ponce, Ponze o los Moncayo, Moncallo ...

Por favor imaginen su apellido alterado por una letra. Una sola...

¿Sería igual?

Pues sí pero no, o no pero sí... tal vez pero quién sabe...

Sobrarían los ejemplos, siempre y cuando el hábito y/o la prisa lo hubiesen establecido así.

No deseo urdir en la antigüedad donde la procedencia de un apellido se haya sometido a diversos factores desde su origen, o al transcurso histórico de su modernización, no. Sólo quiero enfocar mi atención en las últimas generaciones que en México se acostumbraron a escribir o a adivinar que el apellido de alguien está sujeto a su descuido antes que a su atención.

Quizá si hoy se pudiera visitar la casa del niño que fui, derrumbada hace mucho para construir departamentos de lujo, todavía podríamos ver su mobiliario, sus objetos y sus adornos, y probablemente atisbaríamos algún rasgo de la personalidad de mis padres, y de los niños que fuimos mi hermana y yo.

Los pianos Pleyel y Rosenkranz, y los violines de mi madre, como emblemas fundamentales, las lámparas lotiformes de mármol, el busto de Napoleón y el de La Primavera, o mi velero azul sobre mi ropero; el retrato a lápiz de Bach, o el óleo de un Beethoven siempre serio. Las muñecas Barbie de mi niña hermana, los peces naranja del estanque, o incluso el ciruelo en floración, los rosales o el antiguo sofá de seda color palo de rosa, donde acometí un primer beso... El papel tapiz de motivos infantiles, emparedado en las habitaciones de los niños que fuimos, María Rosa y yo, las cortinas de terciopelo y la alfombra azul rey, la coqueta con luna ovalada de nuestra madre, tal vez aún hoy seguiría sobrepoblada de frasquitos y de figurillas donde destacaban, el perfumero de atomizador y la polvera de carey; a un lado del joyero de cristal repleto de bisutería, porque las joyas buenas tal vez seguirían estando a buen recaudo, dentro de la caja fuerte en el estudio del jefe de la familia Vásquez, que a veces se transforma en Vázquez y que pudiera en un descuido llegar a ser Bazkes.

Tal vez hoy las televisiones Philips seguirían inertes en las horas de estudio de la violinista de recuerdo inextinguible, o en las horas en que los niños Vásquez recibían clase de piano de un padre y profesor muy serio y exigente, apostado detrás del humo de un habano Montecristo, siempre oscilante entre el fuego y la extinción, dentro de los límites de la gran biblioteca de olor también inolvidable.

Si aún hoy existieran las copas de Bohemia o las piezas de cristal de Murano, o la cantina desplegable y modernísima, parecida a un armario empotrado en la pared, el teléfono de góndola, o los óleos, regalo de Luz Nardi y de Nishizawa, o las reproducciones de Picasso y de Monet que tanta curiosidad despertaron en ese niño Vásquez que yo fui, o la mesa de centro de cristal con la base de un tronco que mi madre se empeñó en rescatar de la orilla del mar, se podría comprender algo de quienes habitaron aquella casona, porque nuestras casas parecen ser una amplificación de ideas venidas de pronto quizá certificando un hecho, una inspiración o un hallazgo. Puesto que las casas son una extensión nuestra, y cada objeto transmite rumores cotidianos urdiendo una gacetilla rutinaria de ecos, de gustos y de caracteres, como rúbrica de sus habitantes; actores de un drama efímero;, quienes, eso sí, de modo irremediable acabarán por ser las imágenes borrosas y amarillentas de una foto en manos de algún desconocido, donde no podrán poner a salvo, ni su nombre, ni su apellido.

Pero ningún fragmento de aquél mundo material sobrevivió al expolio; apenas una máquina de escribir Olivetti Lettera, y una licorera musical, de la que otro día he de contar su historia, tan llena de magia.

Sin embargo, de todo un universo así, nada es capaz de reflejar lo más valioso de los personajes de la historia: su nombre y su apellido. Y tal parece que sólo eso fue lo que pudo salvarse.

De ahí la necesidad y el empeño en escribirlo correctamente.

Porque la rúbrica personal viene a ser una prolongación de una historia, quizá parte de un temperamento, y si así lo fuera, la legitimación de un gusto, es decir, la soberana voluntad de escribir tu apellido como lo heredaste, y no como se acostumbra.

Libre albedrío en estado puro.

Y debo confesar que a los 13 años y en pleno maremágnum, la orfandad se acostumbró a  escribirme con doble zeta... ¿Cómo ponerla en duda?

Siempre recuerdo la gigantesca X como emblema del pabellón mexicano en la Feria de Sevilla, hace años. Un mensaje a todos esos miles de españoles, sobre todo, pero al final de toda nacionalidad, que ignoran la voluntad histórica de los mexicanos y deciden escribir Méjico, así, con jota, porque "la RAE lo permite", porque no leen sino que adivinan, o porque no les importa.

Si me pudieran ver en este momento, les diría: ¿lo ven?, soy mexicano con x y Vásquez con ese y zeta.

Obsérvenme. Con calma. No adivinen.

Soy un contraespejo de la impecable firma de una historia dentro de otra.

Y si desean descubrirme tan sólo tendrán que observar mi gesticulación, la expresión de mi cuerpo, mi preferencia de colores, mi corte de pelo, el estilo que me define, y tal vez la ropa elegida para ir por la calle les daría alguna clave más.

Si no vean mi firma bien escrita de mexicano con x y de Vásquez con ese y zeta. O bien, escuchen las muletillas recurrentes de mi expresión verbal, o léanme pero no traten de adivinar porque hallarían a otro.

Mejor fíense de todo este lenguaje semiótico que nos suplementa como revelación de quiénes somos y de cómo pensamos, o tal vez de cómo lo hacemos para gustar en medio de la rebambaramba.

Y saben, a mí me gusta, y mucho, ser mexicano con x y Vásquez con ese y con zeta.

Y no me pregunte por qué, mejor no. Porque además de mi documento primigenio esta mi voluntad.

Acéptenla, y a la hora de escribir no adivinen, por favor, lean.

O imaginen su apellido mal escrito...

No se fíen de la costumbre.

Ya se sabe lo engañosa y manipuladora que puede llegar a ser.

Y como la historia es una elección y sus límites, esta es la mía.

Mi padre decía que Vásquez significa hijo de Vasco, al igual que López es hijo de Lope, o Ramírez de Ramiro, y en el caso nuestro, vasco en castellano se escribe así,  y no vazco.

Ojalá pueda yo conseguir poner a salvo esa letra en el apellido familiar de un músico, del que lamento hasta hoy no haber llevado la suficiente luz, ni a la ese con la zeta, y ni siquiera a la doble zeta. Aunque mi empeño resiste y prosigue. 

Bien lo dijo Einstein: "Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio", y en ese afán se mantiene esta labor en contra de lo que ya se ve, viene de muy lejos. 

Ojalá que José F. Vásquez termine por ser reconocido, fundamentalmente por su obra, pero también y porque no puede ser de otra manera, por su apellido correctamente escrito.

Ojalá... Porque yo soy yo hasta la última letra...

Y los Vásquez estaremos muy agradecidos; incluyendo los ausentes.

José J. Vásquez Torres

Las imágenes anteriores nos muestran dos copias de la firma de mi padre, una de 1934 y otra de 1959; la tercera corresponde a una fotografía suya con 17 años de edad, como egresado del Conservatorio Nacional de Música en el año de 1913. Esta es la fotografía suya más antigua que existe hasta hoy, y fue recuperada por el doctor Gabriel Pareyón del libro: Errores Universales en Música y Física Musical (publicado en 1967) de Julián Carrillo. 

La última foto a la derecha nos ofrece la reproducción de la imagen de aquella generación de músicos graduados en aquel año. En ambos casos se puede ver que el error por costumbre en el apellido proviene al menos desde entonces.  

Agradecimientos

Esta web fue realizada por la Doctora en Artes Escénicos Enid Negrete y por el profesor José J. Vásquez, y ha sido patrocinada gracias a la generosidad de: 

Ivonne Franco                                                                                     

                                                                                                                                  Carmen Gala  

                                                                            Diego Villegas

                                    Elvira Espinoza                                         

                                                                                                             Roberto Osnaya                

 Gustavo Martín Márquez 

                                                                                                                                  Tony Marqués                                                                                                  

                                                                      Sonia Barbosa    

                         Antonio Maya

                                                                                                                José Luis Meneses                                                                               

                                               Miguel Ángel Hernández    

   José Kamuel Zepeda

                                                                                                                              Mabel Contreras

                                                       Nelsi Torres

                                                                                             Luisa Ibarra

Lorena Jeanne Álvarez

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Responsable de la publicación de esta página: José J. Vásquez Torres.